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Kanashī Yūutsu/Historia

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HistoriaEditar

Capítulo 1: La FelicidadEditar

Kanashī nació en el distrito número 3 del Rukongai oeste”Hokutan”, siendo el hijo único de un matrimonio de médicos que gozaba de gran respeto en 20 de los 80 distritos del Rukongai oeste.

Desde muy pequeño aprendió a leer y a escribir, ya que sus padres se esmeraron en educarlo debido a que querían que desarrollara su intelecto, ya que esperaban que como ellos se volviera médico y le inculcaron un respeto riguroso por todo lo asociado a la vida humana. Así transcurrió casi toda su infancia, en compañía de sus padres, leyendo aunque sin hacer ningún amigo ya que rara vez se alejaba mucho de su casa. Todos sus días eran bastantes parecidos estudiar, comer y dormir aunque a partir de su séptimo cumpleaños comenzó a dormir cada vez menos debido a sus frecuentes pesadillas con un caballo gris y su jinete, que recorren un páramo cubierto de nieve dirigiéndose hacia unas ruinas; pero cada vez que despertaba olvidaba su pesadilla. Pero por lo demás era feliz dado que sus padres eran cariñosos con él y le dedicaban todo el tiempo que podían ya que también debían lidiar con su labor de médicos en el Rukongai.

Generalmente cuando salía solo de su casa los demás niños lo evitaban ya que lo consideraban “raro” y “aburrido” dado que siempre estaba hablando de lo que leía y no parecía muy interesado en jugar; si bien este rechazo le dolía bastante y fueron forjando su carácter huraño y solitario, lo reemplazaba por sus lecturas y el cariño de sus padres.

De entre todos los libros que leyó había uno que le producía temor, el tiempo habían hecho áspero al papel y borrado tanto el titulo como a el nombre del autor; en se leía sobre un hombre que amanece convertido en cucaracha, lo que lo dejo aterrorizado sobre esos insectos.

Pero la tragedia se aproximaba.

Capítulo 2: La PesteEditar

Esa noche Kanashī soñó que se ahogaba en ratas, intentaba salir fuera de ese “mar de ratas” pero se hundía más y más; se hundió tanto que dejó de estar entre ratas y calló al páramo con el que soñaba cada noche, nevaba lentamente, sin nada mejor que hacer comenzó a deambular por el páramo hasta llegar a un bosque que atravesó sin detenerse a pensarlo siquiera; tras atravesar el bosque llegó a un pequeño claro donde había algo que parecía ser un templo en ruinas, lo que vio lo dejó horrorizado, una larga fila de personas encapuchadas estaba entrando en fila lentamente al monasterio. Al acercarse a los encapuchados vio que tenían las manos cubiertas de llagas y bubones. Al entrar al monasterio vio al jinete gris sentado en lo que parecía ser el trono de algún antiguo heresiarca, y a su izquierda al caballo.

Jinete (mirando a Kanashī): Contempla, tú que me sueñas como está pesadilla se hará realidad.

Kanashī (asustado): ¿Quién eres?

Jinete: Tu peor pesadilla…

Kanashī: ¿Y el señor peor pesadilla podría decirme que quiere de mí?

Jinete (molesto): Señor peor pesadilla… ¡Te aconsejo que me respetes a mí, que por siglos fui el terror de los vivos! ¡Yo, que era señalado como un castigo divino! ¡Yo que por el temor que inspiraba fui inmortalizado en libros y cuadros!

Kanashī (también molesto): No sé quién eres, pero su ego es infinito y definitivamente ha perdido la cordura.

Jinete (riéndose): ¿La locura? No me confundas, la locura no me llega ni a los talones ¡Yo soy algo peor! ¿O acaso no viste a ellos que están sentados? No ves sus rostros, pero sí sus manos llenas de llagas y bubones. Es algo que pronto verás de más cerca. Yo soy…

Pero fue interrumpido porque alguien los llamó

Kanashī se despertó sobresaltado, a diferencia de noches anteriores recordaba a la perfección el sueño o mejor dicho la pesadilla. Tras vestirse en silencio, pensando en las palabras “Tu peor pesadilla”; al dirigirse a desayunar vio sobre la mesa una nota que decía: “Hijo perdónanos estar otra mañana fuera pero a habido casos de una extraña enfermedad que se contagia a un ritmo increíble, y la gente nos necesita” Si bien en sí no era novedad, esto lo molesto un poco, pero el enojo se desvaneció con trascurrir del día, que fue absorbido por la lectura de un cuento donde hablaba de un sueño donde los antiguos dioses regresaban tras siglos de persecución, pero los mismos que los aplauden a principio del sueño los asesinan al final.

Al caer la noche sus padres no habían regresado aún y decidió que no era necesario esperarlos.

Esa noche soñó que estaba al lado del monasterio en ruinas de la noche anterior; y frente a él atado a un árbol se encontraba el caballo gris, el jinete le daba la espalda a Kanashī pero aun así dijo:

Jinete: Veo que has vuelto, perdón que nos interrumpieran ayer. Es algo común uno sueña pero no llega al final del sueño.

Kanashī: ¿Qué quieres de mí?

Jinete (indiferente): Nada, solo que mañana des una vuelta por algunos distritos del Rukogai Oeste, para que veas quién soy.

Kanashī: ¿No sería más fácil que me lo digiera ahora?

Jinete (colocando el apero al caballo): Hoy no estoy de humor; mira parece que va a volver a nevar.

Efectivamente estaba comenzando a caer una suave nevada.

Kanashī: ¿Por tu humor?

Jinete (montando al caballo): Si y ya creo que es hora de despertar; recuerda recorrer el Rukongai.

Kanashī despertó y se vistió inmediatamente para recorrer el Rukongai, sus padres otra vez no estaban pero la misma nota sí. Tras salir de su casa y recorrer un camino no demasiado largo pero tampoco demasiado corto, se encontró con la pesadilla hecha realidad.

Las personas que estaban de pie cubrían su rostro pero se veían sus maños llenas de bubones, los cadáveres tanto de humanos como de ratas estaban apilados por todas partes, las pocas personas que se veían sanas estaban enterrando los cadáveres en fosas comunes. El dantesco escenario se completaba con las casas cuyas paredes puertas y ventanas selladas, y en la puerta se encontraba pintada la siguiente frase: “Casa infestada con la peste”. ¡LA PESTE! Pensó Kanashī, eso era imposible; como podía ser ese jinete la mítica peste. Tras recorrer más partes del distrito se encontró en que lo único que diferenciaba una calle de otra era la cantidad de cadáveres. La muerte se respiraba en cada calle, en cada esquina, las personas sanas que no estaban enterrando cadáveres mantenían la distancia con los afectados; el temor y el sufrimiento se sentían en el aire. Los enfermos aparte de las llagas y bubones que deformaban tanto la cara como el rostro; vomitaban sangre y se lamentaban; eso era el infierno echo tierra.

Al comenzar a caer la noche decidió regresar, ya había visto demasiado, mientras caminaba escucho una frase “Todo esto es culpa de estos médicos”. No le hubiera dado importancia si no fuera porque la frase se escuchaba en cada calle, en cada rincón; a la frase le seguían murmullos de aprobación que le daban escalofríos; decidió correr para escapar de esa pesadilla; tras correr un largo trecho se detuvo a tomar aire ¿Y si los asesinan? Pensó Kanashī, sabía que sus padres no tenían la culpa, pero era imposible que pudiera hacer entrar a cada uno de los habitantes en razón.

Se echó bajo un árbol a pensar la situación, podía no decir nada o informarles sus padres; se decidió por esta última y se dirigió lo más rápido que pudo a su casa.

Pero cuando llegó, su casa estaba en llamas “No” pensó, se le formó un nudo en la garganta, y comenzó a avanzar lentamente “No” era lo único que pensaba; las llamas abrazaban su cara en medio de la fría y despejada noche. Vio un árbol del que colgaban dos bultos; “No, no, no” pensaba, sus pies se sentían de plomo y los movían con dificultad, un paso más, otro más, otro. A la luz de las llamas se leía en el tronco del árbol “Ahorcados por ser responsables de la peste”, y efectivamente eran sus padres, Kanashī se derrumbó, las lágrimas corrían a raudales por su cara “No” era lo único que pensaba. Comenzó a llorar desconsoladamente, mientras lloraba reparó en un hoja que estaba enfrente suyo. La recogió, el papel era áspero y amarillento propio de un libro viejo, los bordes se encontraban un poco quemados pero en el centro se leía claramente: “Cuando abrí el cuarto sello; oí la voz del cuarto ser viviente que decía Ven. Miré y vi un caballo gris. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y le fue dada por potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con…” la hoja estaba incompleta.

Kanashī maldijo entre gritos y sollozos al jinete y a todos los habitantes del Rukongai oeste, tras llorar un largo rato se hecho sobre el suelo para intentar conciliar el sueño, durmió profundamente sobre la nieve como único abrigo tenía uno de color marrón pardusco que le habían regalado sus padres.

Se soñó frente al trono del heresiarca que era ocupado por Muerte, Kanashī al verlo no supo que hacer, cruzaron rápidamente por su mente ideas como matarlo o insultarlo, pero no tenía claro que hacer.

Muerte (sonriendo): Veo que viste quién soy, ahora dime ¿Qué te parece de lo que soy capaz?

Kanashī (deprimido):…….

Muerte: Ya veo… Las ratas te comieron la lengua y pronto se comerán lo que quede de tus padres.

Kanashī se abalanzó sobre él pero Muerte se desvaneció y se materializó unos pasos a la derecha.

Kanashī: Eres un monstruo.

Muerte: Je… Soy la muerte el terror de los vivos, el azote de este mundo, que esperas ¿Qué le llevé rosas a los enfermos y vele por ellos? ¡YO SOY LA MUERTE! El sufrimiento humano es mi diversión, y es lo que hago, desde esa famosa “Peste Negra” a esta miseria de plaga, todo ha sido movido por los invisibles hilos que puedo mover; para hacer de la vida de las personas un tormento. Y además ¿Soy real o solo una alegoría de tus temores? Y tú debes despertar como siempre.

Kanashī se despertó molesto consigo mismo, está amaneciendo pero no tenía tiempo que perder; pese a sentir sus miembros entumecidos por pasar la noche a merced del frió; se entregó a la nada agradable tarea de tener que enterrar a sus padres. Tras conseguir bajarlos de los árboles nada fácil dado que ambos cadáveres estaban rígidos; se dedicó a intentar cavar un pozo con sus propias manos, una vez excavado colocó los cuerpos, si bien no era lo suficientemente espacioso como hubiera querido para una tumba, pero con eso bastaba.

Tras enterrarlos pensó que hacer “Quedarme aquí no es una opción, pero ¿Adónde ir?”. Lo primero que decidió hacer era salir del Rukongai Oeste, después ya vería que hacer. Tras abandonar su casa en ruinas, recorrió el mismo camino que lo había llevado a descubrir la peste, pero para su consternación ya no había nadie enfermo; la peste tan misteriosamente como vino se había ido.

Capítulo 3: El shinigamiEditar

Vagar por los distritos del Rukongai sin un plan, no es buena idea. Kanashī se dio cuenta de ello pronto cuando comenzó a sentir los estragos del hambre y la sed, vagando como un espectro si un destino fijo se limitaba a caminar ¿Adónde? A cualquier lado. Vago por varios días o uno solo, amplificado por el hambre, la sed y el frío. Sobre un árbol sin hojas se echó a morir o por hambre o hipotermia lo que pasara primero. Tan pronto como se echó cayó en un profundo sopor; soñó con un río al que había devuelto un pez que venía hacia a él. Despertó ya no sentía tanto frío, frente a él tenía lo que parecía ser una hoguera, a su izquierda sentado se encontraba alguien, la luz de la hoguera no lo iluminaba bien, parecía vestir ropas negras y llevaba una katana en su lado izquierdo.

???: Veo que has despertado.

Kanashī: ¿Eres un shinigami?

???: A sí es, cuando te encontré hace una hora estabas por morir congelado.

Kanashī: Gracias.

Shinigami: No pareces muy alegre de seguir con vida…

Kanashī: No importa.

Shinigami: Deberías descansar un poco más.

Kanashī: No creo que haga falta.

Shinigami: Casi mueres de hipotermia si no descansas, puede que comiences a delirar, se ve que llevas tiempo sin probar bocado y que has sufrido algo que te impresionó para mal.

Kanashī (haciendo ademán de levantarse): Gracias pero me tengo que ir.

Shinigami: ¿Adonde?

Kanashī no supo que responder, así que se quedó callado el Shinigami le ofreció algo que parecía ser sopa.

Kanashī: Gracias.

Shinigami: ¿Tienes a dónde ir? Kanashī : No.

Shinigami: ¿Qué piensas hacer?

Kanashī: No lo sé…

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