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Enricco Descartes/Historia

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La Azucena se tiñe Púrpura Editar

Vagaba por el mundo
del todos contra todos,
donde ni hay un sol moribundo
y solo se es uno de dos.
• • •

En un rincón callado del Hueco Mundo vivía sin más compañía que su sombra un Arrancar, que disfrutaba de la calma tanto como de curiosear en todo aquello que pudiese. De esa manera, se había movido por gran parte del Hueco Mundo, el Mundo Humano y hasta incluso se había atrevido de incursionar en la Sociedad de Almas en alguna que otra ocasión. Así reunió lo que el considera la mejor "arma", información. Solía encontrarse solo, no por falta de voluntad para socializar con sus "camaradas" Hollows, sino porque los mismos no hacían otra cosa que intentar atacarlo o embaucarlo para poder darle muerte. Al fin y al cabo el Hueco Mundo no era más que una tierra de nadie, pasto para pelear matar y morir en un todos contra todos sin fin. Enricco había sobrevivido en ese ambiente, llegando a ser un Adjuchas de una muy considerable fuerza entre sus pares, fue el momento en que se arrancó su máscara, y por sí mismo logró volverse un Arrancar; desde ese entonces se dedicó a "probar" todo aquello que le resultase curioso, sin perder empero la cautela.

Uno de esos tantos días comenzaba para Enricco, sin lugar a dudas otro "duro" día de vida en Hueco Mundo, nunca faltaría alguien que se plantase en lo que él consideraba su terreno hogar y lo enfrentase en un combate. Desde que era un Arrancar, no había encontrado a otro como él, tan solo endebles Adjuchas e irrelevantes Gillians, de los cuales todos arremetieron al combate, falleciendo irremediablemente, o huyeron, para jamás volver a ser vistos por él.

Patético... ¡¡No hay acaso nadie en este desolado mundo que pueda servir para una verdadera charla!!
• • •
De un universo sin alianzas
las amistades no se esperan,
los subordinados escasean
y no hay Dios que oiga alabanzas.
• • •

Escúchame, ¡¡escúchame!! - Una voz se alzaba en la lejanía del desolado páramo donde moraba Enricco, buscando llamar la atención de cualquier otro ser pensante que pudiese existir en el lugar; no como esos Gillian o Adjuchas instintivos, cuyo único propósito era el de matarse entre ellos, de la manera que pudiesen, a veces incluso buscando atacar a los pensantes. - Una voz... ¿Existe otro? ¿Otro ser como yo? - Sin dudarlo, se movió velozmente con Sonido hasta la zona en la que había oído la voz. Allí encontró a una joven, cuyos ondulados cabellos purpúreos llamaban la atención de Enricco, que nunca había visto el color entre los tonos albinegros del Hueco Mundo. - Puedes... ¿Entenderme? - Con pasos cautelosos, Enricco se acercó a la forastera, nunca la había visto en su territorio. - ¿Entenderte? Puedo escucharte mas no se si acudiste aquí llamado por mi voz hace unas horas. - Contestó haciendo una ligera mueca la jovencita. - Entonces es cierto, ese fue un grito. ¿Y por qué gritaste, azucena? - Replicó señalándole con los ojos la flor blanca que adornaba su cabello.

Para ver si alguien sería capaz de acudir a mi llamado, unos pocos Gillians es lo único que he podido ver últimamente. - Comentó con un deje de aburrimiento en la voz la muchacha. - ¿Solo encontraste Menos de clase Gillian? Que raro... - Remarcó mientras se rascaba la barbilla el Arrancar. - ¿Y sabes qué me sorprende más? Que alguien como tu y como yo cayese en una trampa como esta. - Con un veloz movimiento, la joven tomó el brazo de Enricco, y jalando de este como depredador al disponerse a comer, arrancó el mismo. Descartes solo pudo ver su propia sangre saliendo de la herida, por unos minutos nada más. - Sorprendente... Me has traído para combatir nomas, eres cruel, pero ese juego... Se juega de a dos. - Lanzó un rodillazo a la Arrancar, y cuando subió a la altura exacta, estampó una Bala en su rostro, mandándola contra una formación de arena blanca de esa su tierra.

Tras levantarse con las facciones ligeramente laceradas por la Bala, la joven pudo apreciar como Enricco regeneraba su brazo, movido por una ligera convulsión; acabada la misma, ya poseía otro brazo mientras que el otro parecía deshacerse entre la arena del lugar. - Polvo eres y al polvo volverás. Jovencita, no me has dicho tu nombre, y atacar sin presentarse, al menos entre dos seres pensantes, que veo que tu también lo eres porque existes, es una gran descortesía. - Subrayó con una oscura sonrisa Enricco, mientras hacía algunos movimientos con el "nuevo" brazo. - Jiovanna, Jiovanna Cavazza... - Dijo con lentitud la joven, mientras observaba fijamente a aquel adversario. - Lindos ojos, ¿sabes? Son celestes como el mejor cielo despejado que puedas ver en el mundo humano.

Tras oírlo decir esto, Jiovanna comenzó a formar un Cero del mismo color de sus ojos en sus dedos índice y mayor extendidos, apuntando directamente al cuerpo de Enricco; este en respuesta solo abrió al costado sus brazos, como condenado que se apresta a ser fusilado. - ¡Dispara! - Gritó señalando su pecho Descartes. El Cero salió como una ráfaga, yendo a estallar sobre el mismo punto que Enricco había señalado, levantando una columna de humo en el proceso. Jiovanna se alejó ligeramente con Sonido, esperando a que se aclarase el espacio. - No fue suficiente, Cavazza... - Enricco, quien ahora poseía ligeramente destrozado su atuendo, apuntó con solo un índice a las piernas de la joven, disparando un Cero violáceo a quemarropa, con una fuerza tal que arrancó una de sus piernas; Cavazza volvió a apuntar con sus dedos índice y mayor hacia el rostro de Enricco desde el punto en el que había caído, mas sin embargo Enricco frenó el mismo apretando los dedos de la joven. - ¡¿Qué?! ¿Acaso ahora me matarás! - Gritó enardecida la joven. Enricco se sorprendió por sus palabras, rascándose el ojo que se hacía entrever por su media máscara. - ¿Por qué habría de matarte? Eres el primer ser pensante que encuentro desde que tengo conciencia, mas bien... Te llevaré conmigo. - Desmayó a Jiovanna con una ligera presión en su sien, y tras cargarla sobre un hombro (y levantar su pierna), emprendió el camino de regreso a su tierra.

• • •
Los ataques son la ley
en esta tierra sin rey,
así yo capturé una alhaja
cuya rebeldía casi me destaja.
• • •

Había pasado varias horas desde que el combate había terminado, y Enricco ya había llevado a su "presa" consigo a lo que él consideraba su territorio; de hecho terminaba de reacomodar algunas cuestiones sobre el cuerpo de la cautiva, principalmente respecto a la pierna cercenada. Con unos quejidos inconscientes, Jiovanna comenzó a recuperar la consciencia. - Veo que estás despierta nuevamente. - Tras dirigir una sonrisa dibujada a la joven Arrancar, el enigmático de cabello albo repasó en su interior sus conocimientos adquiridos. Haberse dedicado a jugar con los cadáveres vencidos en tortuosa soledad había servido finalmente de algo. - ¿Sabes algo, pequeña Arrancar? No puedo herirte de gravedad ni asesinarte, eres la primer compañía que tengo en muchísimo tiempo. Comprenderás que ahora estás "a mi cargo".

¿De qué diablos estás hablando? - Cavazza intentó incorporarse sobre la improvisada mesa que había armado Descartes, habiendo alisado este una roca de las que pueblan la geografía de Hueco Mundo. - Oh no no, no intentaría eso si fuera tu. Aún sigues débil, pero si todo sigue como está estipulado te recuperarás al finalizar la semana. - Tras decir eso lanzó una jeringa, con tal precisión que la misma se clavó en al hombro de la joven. - Es un calmante, en unas horas tendrás la fuerza suficiente para hablar, mientras tanto, me tomaré la libertad de trabajar sobre tu cuerpo, no puedes acompañarme así... - Tras proclamarse "protector" de Jiovanna y sedarla, buscó una serie de frascos, y tomando su zanpaku-tō, procedió a realizar una operación sobre la pierna que había sido cercenada. - Sí... Definitivamente serás una buena compañera si resistes el proceso.

Una semana mas tarde...

Jio-chan, deberías estar ya completamente recuperada, intenta levantarte. - Extendiendo su mano, Enricco golpeó con una velocidad superior a lo visible una serie de puntos en el cuerpo de la joven Cavazza, quien recuperó de esa manera plenitud de movimiento en su cuerpo. Apenas esta había tomado control de su ser, lanzó una patada directa hacia el rostro de Descartes, quien tomado por sorpresa cayó sentado al piso, tropezando. - ¡¡Vas a morir aquí y ahora!!

¿Qué tan segura estás de todo esto? ¿De verdad vas a atacarme así porque sí? Vamos... Pensé que eras una Arrancar, si puedes mínimamente realizar sinapsis, sabrías que el hecho que te haya traído conmigo te representa una ventaja, mírate ahora: ya me has atacado y ni siquiera has visto tu nueva habilidad. - Tras reincorporarse, y cruzando sus manos tras su espalda, Enricco se paró a un costado de donde estaba originalmente. - No me interesan tus excusas tontas, eres otro Arrancar, eres competencia, debería liquidarte... - Tras decir eso Jiovanna se incorporó plenamente, lanzándose en una patada hacia Enricco, quien refrenó la misma con un brazo. - Vamos... Piensa en grande, ¿no vas a descargarte con toda velocidad para romperme el brazo, y quien sabe, tal vez darme en un órgano?

Impulsándose con la misma patada dada Cavazza saltó hacia una posición más elevada. Desde esta tomó una pose especial, preparando así un golpe con suma potencia. Descartes solo cruzó nuevamente sus brazos tras su espalda, y con un gesto de su rostro le indicó que esperaba que diese lo mejor. La joven le dirigió una mirada cargada de odio, para luego lanzarse con un Sonido tal que su chasquido podría haber sido incluso oído a varios cientos de metros del lugar como si hubiera sido allí sobre Enricco. La velocidad era tal que Jiovanna no podía ver su trayectoria, aunque sabía que era la indicada. Golpeó algo, por como reaccionaba era el cuerpo, este se rompió en varias partes como si fuera prisionero de un cepo y desmiembre, saliendo disparado a distancia del lugar. - Le di, el maldito bastardo ya debe estar muerto. - Fue el pensamiento de Jiovanna, apenas tocaba tierra, sin embargo una serie de bravíos y aplausos la consternó, estaba segura de haber destrozado el cuerpo de Enricco con su fuerza.

Bravo, bravísimo, ese golpe fue realmente eficiente, Cavazza-chan, pudiste destrozar el cadáver de uno de los Adjuchas más robustos que encontré. Ese en particular estuvo al borde de volverse un Vasto Lorde, mejor que ahora no sea más que fragmentos de un cascarón vacío. - Jiovanna miró pasmada a Enricco, quien no hacía más que observar la situación, en especial a ella. - Cómo... ¿¡Cómo es que eludiste ese golpe!? - Cavazza se lanzó en un rápido envión hacia Descartes, sin embargo el golpe que soltaba para este resultó golpeando a la misma Jiovanna en la mejilla, cayendo esta a un costado. - Es solo una sencilla Garganta, ¿no lo ves? Pasaste a través de una Garganta, golpeaste ese cuerpo en la misma y saliste, para aterrizar en el suelo. - Cavazza se acomodó en el piso, pero ya desistió el intentar levantarse, se sujetó la mejilla con la mano derecha.

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